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Mitos y leyendas de Cantabria: La novia del ojáncano
LA NOVIA DEL OJÁNCANO
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Una vez un ojáncanu se enamoró de una muchacha que guardaba un rebañu de ovejas blancas y de ovejas negras. La muchacha estaba un día bebiendo el agua pura en una juente que manaba en una peña vestía de musgu y la peña se volvió como estremecía.

Alevantó los ojos y vió al ojáncanu en pie encima de la peña, con un mirar triste, mirándola y remirándola como un cristianu a una imagen de la iglesia.

La muchacha se jue corriendo, dando voces a los pastores...

Otro día, cuando estaba encendiendo lumbre para templarse un pocu, a la parte de allá de un espinar que estaba encima de un ribazu, la llama no pudo medrar. Cuando ardían los escajos una miaja, venía un vientu por entre el espinar, y los escajos se apagaban en seguida, tan pronto como empezaban a arder. Así se encendieron y apagaron unaas cuantas veces.

La muchacha se levantaba y veía que no había vientu, porque las hojas de los árboles y las cogullucas de los jelechos y de los brezales estaban quietos.

Golvió a encender los escajos y pasó lo mesmu que las otras veces. En cuantu ardían un poquitín venía un vientu por entre los espinares y apagaba la llama.

Extrañá de que na más hubiera vientu en el espinar, miró toda sorprendía y vio al mesmu ojáncanu de la peña de la juente suspira que te suspira, como un cristianu que tie algún dolor muy grande en el cuerpo o en el alma.

Los suspiros del ojáncanu eran el vientu que apagaba la lumbre de los escajos, en cuantu empezaba a nacer.

La muchacha echó a correr y golvió a dar voces llamando a los pastores.

Otra vez bajaba detrás de las ovejas cargá con un gran coloñu de leña. Cuando empezaba a bajar el senderu muy resbalaciu, se encontró con que la quitaban el coloñu de leña de la cabeza.

Miró sorprendía lo mesmu que en la juente y lo mesmu que en la vera del espinar y vio el mesmu ojáncanu que tenía el coloñu en la mano como un hombre lleva un palu, un rastrillu o una picaya.

La muchacha, de puru miedu, no dio voces llamando a los pastores como las otras veces. Siguió detrás de las ovejas, temblando y rezando a tos los santos del cielu de Dios Nuestro Señor.

El ojáncanu la iba mirando con mucha tristeza, con el coloñu en la mano. Al llegar cerca del pueblu, puso el coloñu en la cabeza de la moza y se golvió al monte muy despaciu, como una persona que va de mala gana a cualquier sitiu.

Así jueron pasando los días. Otru atardecer bajaba la moza con otro coloñu y el ojáncanu se lo golvió a quitar de la cabeza y a llevarle en la mano hasta cerca del pueblu. La muchacha iba perdiendo el miedu al ojáncanu y cuando le encontraba ya no temblaba como antes, ni rezaba a los santos del cielu de Dios Nuestro Señor.

En esto vino la primavera. No había dia sin que el ojáncanu dejara de presentarse a la muchacha, que pocu a pocu fue cogiendo confianza. Al principio le veía y se iba a los pocos instantes, suspira que te suspira, como si toas las penas del mundu estuvieran metías en el su ánimu. Pero después se estaba más ratu cerca de la muchacha sin dejar de mirarla y de suspirar.

Cuando empezó la primavera la confianza era más grande. El ojáncanu y la moza estaban casi tou el día juntos. El ojáncanu despedazaba peñas, hacía las maldaes de siempre, pero cuando estaba con la moza era güenu y pacíficu. No paraba de hacerla beneficios. Él la cortaba la leña para hacer los coloños y arrancaba los escajos y las árgomas por onde ella iba andando. Si la juente estaba lejos, el ojáncanu iba a por el agua. Si llovía, el ojáncanu escarbaba en una peña y hacía una peña para guarecerse o ahuecaba un árbol. Los otros pastores estaban extrañaos de la amistad del ojáncanu y la muchacha.

En tos los pueblos la llamaban la novia del ojáncanu y las mozas y los mozos la aborrecían. Pero ella le tenía cada vez más apegu y sentía mucha desazón en el monte cuando el ojáncanu tardaba en llegar junto a ella...

Un día, a mitad de primavera, la moza no subió al monte. El ojáncanu la buscó por toas partes y mandó al cuervu que volara sin parar dando güeltas por encima del monte para ver si la veía con el su rebañu.

El cuevu voló toa la mañana, golvió al mediudía, se le posó en la nariz y le dijo que no la veía por ninguna parte. El cuervu por el aire y el ojáncanu por las cuestas no encontraron a la moza.

Pasaron muchos días y la moza no parecía por el monte. El ojáncanu cada vez estaba más triste. Las sus maldades eran más villanas y no había choza que no desbaratara. Tos los caminos los llenó de piedras muy grandes y tapó las juentes con peñascos.

Un atardecer paró a un pastor y le preguntó por onde estaba la moza. El pastor, encogíu del miedu, le dijo la verdá. Los padres de la moza la habían mandau a un pueblu, muy lejos del valle, pa que no golviera a ver al ojáncanu. El pastor siguió el su caminu muy contentu de que el ojáncanu no le hiciera mal...

Al día siguiente, muy de mañana, cuando se levantaron los vecinos, tou el pueblu jue una queja. Los maizales estaban destrozaos, las parés de las huertas caídas, los nogales en el suelu, los mesmu que los perales y los manzanares. No había quedau una paré ni un árbol de fruta en pie. Toa la cosecha estaba destrozá.

Cuando el sacristán jue a tocar a misa se encontró con que habían desaparecíu las campanas. Cuando el herreru abrió la fragua vió que le habían llevado el yunque. Cuando el médicu jue a enganchar el caballu al carricoche para ir a visitar a los enfermos, se encontró con el caballu muertu y el carricoche con las ruedas partías...

No pararon aquí las maldades. Toda la yerba de los praos estaba arrancá y pisoteá y las losas del pórticu de la iglesia hechas peazos, lo mesmu que el paredón que se había hechu hace pocu tiempu pa que el agua del rio no entrara en la mies. Las portillas de las tierras también aparecieron rotas, lo mismu que el carru y el hornu de los padres de la moza.

Todas las mañanas se encontraban los vecinos con algún destrozu. Un día una socarreña destrozá, otru dia un portal con un hoyu mu grande, otru día una juente llena de cantos, otru dia un molinu con las ruedas partías...

Los vecinos arreglaban las parés por el día y el ojáncanu las tiraba por la noche. Así llegó el invernu. La gente estaba sin cosecha, los soberaos estaban vacios, los parajes sin hierba. Tos los vecinos estaban entristecíos, sin tener una pizca de harina pa llevar al molinu.

Una mañana, al pocu de amanecer, toa la gente se jue llorando por los caminus con los trastos a cuestas. Unos se jueron a un pueblu y otros a otru, porque el ojáncanu enamorau no paraba de hacer mal.

El pueblu se quedó solu y las casas se jueron caendo pocu a pocu, hasta que to jue como un matorral.

©1996-2012 Francisco Tazón Vega. Todos los derechos reservados