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Mitos y leyendas de Cantabria: El caballero, la señorita y el jándalo
EL CABALLERO, LA SEÑORITA Y EL JÁNDALO
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Había en los Tojos un mozu muy jaque que golvió de Andalucía con su porqué de dineru y una güena alforjá de fantasías.

A los pocos días de golver cortejó a una moza y la dejó porque no tenía hacienda. La probe moza se enamoró y lloraba con toda el alma el despreciu del muchachu.

Rondó a otra moza y también la dejó después que estaba enamorá como la otra. Hizo lo mismu con otras tres sin una pizca de remordimientu en la conciencia, que es onde duelen las malas obras.

Una noche del inviernu hicieron posá en los Tojos un caballeru vieju y una hija suya, muy guapa, que iban a Campoo amontaos en unos caballos blancos con unas pintas en la cara. Como la nevá era muy grande, el padre y la hija, que paecían muy ricos, se estuvieron en los Tojos hasta que escampara el tiempu y se quitara la nieve de los caminos, que entonces no eran reales y limpios como ahora.

El jándalu que despreció a las cinco mozas desconsolás, vio a la señorita y se enamoró de ella y de los sus caudales, como un condenau. Era muy blanca y muy colorá en los carrillos y tenía las trenzas muy majas y brillantes

La doncella le puso al mozu güena cara y el muchachu la cortejaba toas las noches.

Así jueron pasando los días y el jándalu cada vez estaba más enamorau. La señorita paecía que lo quería de güena voluntá, pero a veces le daba como desaires delante de la gente, que le ponían colorau y le traían a mal traer.

Jue agüenando el tiempu y la nieve se consumió en los caminos que llegaban hasta Campoo. El caballeru y la su hija prepararon los caballos pa seguir el viaje. En aquel instante llegó, hasta onde estaban, el jándalu enamorau y dijo a la señorita que se iba con ella, porque no podía pasar sin ver los sus ojos, y la señorita le dijo que si era verdá que la quería con güena intención de casamientu, que juera andando detrás de ella hasta llegar a Campoo.

El mozu dio unos blincos de alegria y empezó a andar detrás de los caballos blancos, que iban al trote. Al llegar a Tajayerru ya no podía con la su alma. Anjeaba de puru cansau que estaba y los caballos cada vez iban más de prisa. Le dolía tou el cuerpu y sudaba gotas bien grandes, onque el fríu apretaba. Se descalzó las abarcas y anduvo con los pies desnudaos.

Los demoños de los caballos cada vez corrían más. Como la señorita lu dijo que si se cansaba y le perdía de vista que no contara con el casoriu, el mozu corría como una liebre. Pero too era en vanu. Los caballos trotaban y él se quedaba atrás desconsolau y llorando de pena, como las probes mozas de las que se había reíu. De vez en cuando, la señorita se arrecataba y le decía como si estuviera cantando:

- Jueron una,
jueron dos,
jueron tres
y jueron cinco.


El mozu no entendía el cantar y seguía corriendo a cada momentu más destrozau.

Tovía faltaban güenos trechos de caminu pa llegar a Campoo. En esto empezó a caer más nieve y a ponese más oscuro. La señorita no paraba de arrecatase y de cantar:

- Jueron una,
jueron dos,
jueron tres
y jueron cinco.


Por fin el muchachu ya no podía alentar. Ya iba a perder de vista a los caballos que corrían al galope. Dio un gritu de rabia y de pena y se paró en metá del caminu, con las manos agarrás a los pelos. Quiso echar a correr pa alcanzar a la señorita y al vieju, pero no pudo movese. Desesperau de las juerzas que le faltaban, dijo con una voz que paecía un quejíu.

- ¡Quién juera perru, pa correr y correr sin cansase...!

Y sin dase cuenta de lo que le pasaba, empezó a ladrar. Se había convertíu en un perru muy grande y muy flacu, negru y pardón y con unos ojos que relumbraban.

Empezó a correr, pero tuvo que parase. Le habían salíu dos cuernos hacia abajo que lu pasaban por el lau de los ojos y por muchu que alevantara la cabeza, los cuernos rascaban el suelu y le echaban a la vista la nieve y las pozas, con muchas salpicaduras, y por eso no podía andar de prisa.

Cuando era más juerte el su ladrar y los resoplíos, oyó a la señorita que lu decía cantando desde muy lejos:

- Jueron una,
jueron dos,
jueron tres
y jueron cinco.


La señorita y el vieju eran dos anjanas que se habían apaecíu de aquellas trazas pa castigar al mozu. El perru diz que le comieron los lobos aquella misma noche...
©1996-2012 Francisco Tazón Vega. Todos los derechos reservados